Blog oficial de la Cofradía de la Santa Vera-Cruz de Andújar y Muy Antigua, Pontificia, Ilustre y Venerable Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Columna, Nuestro Padre Jesús Nazareno, María Santísima de los Dolores y San Juan Evangelista

miércoles, 30 de noviembre de 2016

LA COFRADÍA DE LOS DOLORES DEL CARMEN DE ANDÚJAR (I) NACIMIENTO Y AUGE DURANTE EL SIGLO XVIII

Maudilio Moreno Almenara

El nacimiento de la cofradía de los Dolores del Carmen lo conocemos por un documento que figura en su primer libro de cabildos. Se trata de una carta de hermandad de la Provincia de San Juan Bautista de carmelitas descalzos de Andalucía la Baja.
 
 
Es un impreso tipo de la orden al que se añadieron tan sólo algunas frases específicas, en concreto el nombre del padre provincial: “Fray Joseph de San Antonio”, después se dispuso: Atendiendo a la piedad, y devoción de “Manuel Lopez Campanario hermano maior y a toda la cofradia de la V. de los Dolores” y por último la fecha: “En onze días de El Mes de Junio de 1718 años” y la firma del provincial junto con el sello carmelita.
 
 
Así daba comienzo la Hermandad de los Dolores del Carmen, una de nuestras cofradías históricas -orgullo de Andújar- que en tan sólo dos años celebrará su 300 aniversario, hecho histórico que sin duda merecería una más que magnífica festividad.
 
Sirva pues de antesala de esta efemérides el humilde homenaje que la cofradía de la Santa Vera Cruz le hace a esta hermandad con estos artículos, con nuestra historia común y con el cariño y corazón ganados.
 
El primer cabildo se celebró el día 2 de febrero de 1720 con el fin de designar cargos para la Junta de Gobierno. Se eligió como hermano mayor a Francisco Rubio, fiscales a Antonio Portillo y Juan Castellano, comisarios de cuentas a Isidro Martínez y Manuel García, enfermeros a Manuel García y Tomás de Aldehuela y enterradores a Luis Jedeón y Juan Cebrián.
 
 
Llama la atención que en este primer cabildo se ofreció el licenciado Francisco Martínez de Zeleda como “...hermo exclavo desta hermd Y que respecto de tener rosario en este Convto todos los dias de nra. Sª, se obligaria a benir a ofrezerlos y asistir a otras qualesquier operazon que pudiese...” a cambio de que “....se le acudiese a su entierro como a qualquier exclavo...”.
 
En 1723 y una vez aprobadas sus reglas, salió por primera vez en procesión, siendo gobernador Antonio Portillo que anteriormente había sido fiscal. A partir de entonces la vida de la cofradía se desarrolló con una normalidad palmaria, saliendo en procesión, conviviendo con los frailes del convento en el que tenían sede y con el que estaban hermanados y celebrando sus misas ordinarias. Los primeros cabildos tuvieron lugar ante una representación de la Cofradía de la Santa Vera Cruz y otra de la de la Humildad de Mínimas, ambas hermanadas, y que actuaban como “madrinas”, asesorando y velando por su acreditada experiencia en estos primeros pasos de la nueva corporación penitencial.
 


En estos primeros cabildos, en concreto en 1729, se admitió la donación de un rosario de coral rojo y filigrana de plata con tres medallas por los devotos de Nuestra Señora de los Dolores: Juan Fuentes, María de Mena y Micaela Cantero. El rosario aparece en un lienzo conservado en su capilla de Santa María y sabemos que “...se acordo pr esta cofradía se les asista pr hella a sus entierros...”, es decir, en señal de agradecimiento por la presea recibida, la cofradía aprobó asumir los gastos por misas en los entierros de los tres devotos. No sería el único regalo que se le haría a la excelsa Virgen de los Dolores del Carmen. Sabemos no sólo de otros generosos donativos a la imagen merced a su honda devoción popular, sino también y por igual causa, que el mismísimo Ayuntamiento llegase a solicitar que la imagen procesionase en rogativas por falta de lluvia en el año 1773 junto con el Señor de la Columna de Santiago (TORRES, 1981), 358), que ya lo había hecho en solitario en 1723, 1730 y 1771.
 


Pero como veremos a continuación esta imagen no debió pertenecer a la cofradía o al menos no fue pagada por ella. El dato lo conocemos por un inventario especial redactado a comienzos del año 1723 como consecuencia de la petición formulada por el visitador del Obispado, el Licenciado D. Francisco Antonio Gómez, abogado del Consejo de su Majestad. El visitador firmó en el libro de cabildos de la cofradía en señal de conformidad y entre sus cometidos con esta inspección estaba tomar cuentas a la iglesia parroquial de Santa María la Mayor, así como a los conventos y ermitas que se encontraban en su feligresía. Llama la atención que a pesar de que el resto de enseres e imágenes está tasado, es decir, figura su precio, en el caso de la Virgen de los Dolores no consta valoración alguna, lo que parece apuntar a que bien fue donada por Manuel López Campanario, su primer hermano mayor, bien fueron los frailes quienes sufragaron su coste.
 
Lo que parece no tener duda alguna es que debió ser una escultura de los Mora, de extraordinaria belleza e introspección, sedente, con manos entrelazadas sobre el pecho y de tamaño algo menor que el natural. Fue realizada hacia 1718, aunque no sabemos si incluso pudo ser gubiada unos años antes. No es de extrañar que una imagen de estas características lograse rápidamente una enorme devoción.
 
 
 
La advocación de los Dolores, en esta configuración sedente también la encontramos en Écija, igualmente en los carmelitas descalzos, lo que nos hace pensar que fue una devoción impulsada por esta orden.
 

No debió ser la única imagen de esta corporación, en origen del Miércoles Santo, que salió de las expertas manos de esta familia dedicada a la imaginería. Por fotografías antiguas puede advertirse igualmente que el antiguo Cristo de la Paciencia guardaba toda la estética y estilo de los Mora, lo que favoreció su no menos importante devoción. En cuanto al rostro, es con claridad el rasgo más característico que permite atribuir la imagen al círculo de los Mora: cejas muy alargadas, mirada profunda llena de ascetismo, bigote escaso, boca entreabierta, nariz recta y fina, orejas ligeramente despegadas, pómulos marcados y barba poco poblada salvo en la barbilla, que además se parte en dos. Desde luego que no ayuda el ángulo de la fotografía en el análisis del rostro, sin embargo, parece más que suficiente para adjudicarle un origen en el taller de los Mora, quizás a Diego de Mora. La imagen hubo de tallarse hacia 1726-1727.
 

El Señor de la Misericordia, conocido como Jesús Caído, desapareció en la Guerra Civil como las dos imágenes anteriores. Sin embargo, Collaut Valera debió inspirarse en alguna fotografía anterior a la contienda civil que hoy por hoy no conocemos. Planteamos esta hipótesis en virtud del aire que tiene la actual imagen, que parece inspirada en su rostro en la escuela granadina de escultura del siglo XVIII. Con todo ello parece razonable pensar que la mayoría de las imágenes de esta cofradía, si no su totalidad, debieron ser encargadas en la ciudad de la Alhambra durante la primera mitad del siglo XVIII. Sabemos que en 1723 ya contaba con seis titulares, no figurando aún ni el Señor de la Misericordia (realizado hacia 1732) ni el Cristo de la Paciencia:
 

Ynbentario de los vienes de la Cofradía de Nuestra Señora de los dolores sita en el Convto de Nra. Señora del Carmen de esta Ciudad de Anduxar. La Ymagen de Ntra. Señora de los dolores. Un manto de felpa azul aforrado en tafetan azul, su balor Mill y zien Rs. Una bandera de tafetan a musgo Con la cruz blanca de tafetan blanco trescientos y cinquenta Rs. Un gallardete negro Con su targeta para los entierros 100. Unas andas quinientos y quarenta Rs. Un zetro y tres Cruzes cinquenta Rs. Un libro de Cavildos veinte Rs. dos escudos, uno de la orden y otro de Nra. Señora de los dolores treinta Rs. Una arca cinquenta Rs. Nuebe Jubileos perpetuos.....(esta parte es prácticamente ilegible por la humedad). Una carta de hermandad veinte Rs. Un trono para quando se descubra el Ssmo treinta Rs. Una ymagen de Nro. Pe S. Elías quatroçientos y cinqª Rs. Un gallardete de Color de Cobre con su escudo Cruz y bara ziento y cinquenta Rs. Una arca cinquenta Rs. Mas veinte y dos libras de zera a siete Rs. Mas treinta Rs. de quatro horquillas. Mas un zetro treinta Rs. Una ymagen de Jesús de la entrada de Jerusalén trescientos y sesenta Rs. Una tunica de felpa morada con estrellas de plata, y ribeteada con galon fino de oro quatrocientos Rs. Unas potencias de plata, y una capa de tafetán blanco 110. Una ymagen de Jesús preso. Su manto quatrozientos y cinquenta Rs. Una tunica de felpa morada su manto quatro cientos y ochenta Rs. Una tunica de tafetan morado Y un velo ciento y treinta Rs. Una ymagen de S. Pedro quatrocientos y cinquenta Rs. Una tunica y manto cien Rs. Una ymagen de S. Juan quatro Cientos y cinquenta Rs. Un escudo treinta Rs. Aquí prosigue el gasto de la cofradía. Una arca cinquenta Rs. Una Cruz de plata de cinqueta Rs. Unas andas cinquenta Rs. Una arca Con tres zerraduras cien Rs. Un gallardete con su targeta Cruz y bara 160. Veinte libras de zera a siete Rs. Un pelicano treinta Rs. Un zetro quinze Rs. (Diez y nueve libras) de zera a siete Rs...."
 

Además de estas seis imágenes, cada una presidiendo su respectiva escuadra, poco después llegarían otras dos: las mencionadas del Cristo de la Paciencia y la de Jesús Caído o de la Misericordia. Si bien en los primeros años se instituyó la escuadra de la Cena o de los Sacramentos, ésta desapareció en el año 1732. Curiosamente al año siguiente se fundó la escuadra de Jesús de la Humildad, que según figura en el cabildo de salida celebrado el día 1 de marzo de 1733 fue el nombre que en origen tuvo la imagen de Jesús Caído: “La insignia de la Humildad se Encarga a su Ermano maior y Ermandad, se entiende de Jesús Caído”. Esta imagen poco después fue llamado ya Señor de la Misericordia y así seguiría durante años. La advocación de Jesús Caído fue habitual en los conventos carmelitas. Así, la imagen de Jesús de Penas que procesiona en Sevilla cada Lunes Santo procede del claustro del Convento Casa Grande (CARRERO, 2000, 31-33), Jesús Caído de Córdoba tiene su sede en el Convento de San José, también llamado de San Cayetano (Carmelitas)...
 
Es muy probable que la antigua escuadra de la Cena o los Sacramentos fuese sustituida por la de Jesús Caído. En una lista de hermanos del siglo XVIII de la cofradía de los Dolores del Carmen queda tachado el nombre de “La Cena”, apareciendo en su lugar “el Señor Caído”, lo que parece confirmar su ubicación en la capilla sacramental del antiguo convento del Carmen.
 

Coincide también con esta anotación la opinión de Palomino León, quien deduce por una manda testamentaria del año 1803 de María Flora Orozco que la imagen del Señor de la Misericordia se encontraba en la capilla del Sagrario, ya que la testadora mandó una arroba de aceite para iluminar la lámpara del Santísimo Sacramento y Señor de la Misericordia (PALOMINO, 2003, 187), pareciendo indicar que eran la misma.
 
Años más tarde, ya en el año 1771, encontramos una nueva escuadra: la del Niño Jesús de los Dolores, que no sabemos si salía en procesión, con lo cual está claro que fueron nueve las escuadras que conformaron la cofradía, siendo con diferencia la que más hermandades tuvo en Andújar. Lo vemos aquí en una pequeña hornacina bajo la Virgen, en su mismo retablo, cuando éste ya estaba trasladado a la parroquia de Santa María la Mayor.
 

El dato sobre esta pequeña imagen lo encontramos en ciertas protestas elevadas a la cofradía por el prior del convento de los carmelitas, Miguel de la Asunción, que en nombre de su comunidad hacía valer el derecho de los frailes en las votaciones de los cabildos a elección de gobernador. La razón es que muchos religiosos del convento eran hermanos con voz y voto de la hermandad o escuadra del Niño Jesús de los Dolores: “...pues debiera saber, lo uno, que muchos relixiosos de mi Communidad, son hermans, de dha Cofradía y hermandad de el Niño Js. De los Dolores, a ella Yncorporada...”. En otra parte del documento se aclara: “...la Cofradía de Nª Sª de los Dolores, sita en el referido Combento, a que tiene Union, la esquadra o hermandad, de el Niño Js, de el mismo titulo (Niño Jesús de los Dolores)...”. Se conserva una fotografía de este Niño Jesús pasionista, ya que se pasó a la parroquia de Santa María tras la Desamortización, recibiendo culto en una pequeña hornacina en el retablo de la Santísima Virgen de los Dolores. En el inventario de 1885 de dicha iglesia se indica cuando se describe el retablo de la Virgen: “...y debajo de la Virgen, el Niño de los Dolores con una cristalerita, con cruz, potencia y canastillo de plata. El altar está completo y surtido de todo lo necesario y las ropas de la Virgen y manteles están a cargo de la Señora Condesa de Gracia Real...” (RUBIO, 2002, 137).
 
Pero fue sin duda la Santísima Virgen de los Dolores la que logró reunir un ajuar más espectacular, preseas que salvo la Santísima Virgen de la Cabeza, ninguna otra imagen tuvo en nuestra ciudad.
 

Así, a fines del siglo XVIII, en concreto en 1796, se encargó un trono de plata para la Virgen de los Dolores al platero Miguel de Guzmán Sánchez, merced a la voluntad, vía testamentaria, del legado de un tercio de los bienes de Dª María de Illescas Verdejo (PALOMINO, 2003, 189). El platero Miguel de Guzmán gozó de una enorme fama en toda España. Una de sus obras más logradas es el soberbio sepulcro de San Juan de Dios en su basílica de Granada.
 

En 1735 Dª Beatriz de Piédrola le había regalado un rostrillo de oro engastado con diamantes, esmeraldas y perlas (IBID., 2003, 188). También se aprecia en el lienzo que actualmente está en su capilla un magnífico corazón de joyería que parece estuvo cuajado de rubíes. Además, tuvo una luna y resplandor de plata y una magnífica peana de madera de palosanto con cuatro medallones de plata donde se representaron escenas de la Pasión. La peana fue terminada en 1735 según un cabildo celebrado el 28 de agosto de dicho año: “... por averse zelebrado oi dicho dia la fiesta tiular, â causa de no averse acavado el trono de Nuestra Señora para el dia prevenido por el estatuto, asta oi que se a echo la colocazon...” En 1803, Dª María Flora Orozco legaba en su testamento 100 reales a la imagen de los Dolores para su adorno (IBID., 2003, 49).
 

En estos momentos iniciales de la cofradía el número de hermanos fue creciendo rápidamente. En las listas que figuran en el primer libro de cabildos y que han de corresponder con el periodo comprendido entre 1720 y 1735 aproximadamente, se distribuyen de la siguiente manera: 110 hermanos de Nuestra Señora de los Dolores, 24 de San Juan, 30 hermanos de San Pedro, 41 hermanos de la Paciencia, 36 hermanos del Prendimiento, 38 hermanos de la Entrada en Jerusalén, 58 hermanos de San Elías, 37 hermanos del Señor Caído, a los que hay que sumar 18 soldados romanos y 17 hermanos de azote, es decir, de sangre. Es evidente por este reparto de hermanos de la cofradía cuya historia analizamos que su carácter fue netamente mariano pues la escuadra de la Santísima Virgen duplicaba en número a la siguiente.
 
La suma total de todos ellos es de 398 hermanos, aunque se observan tachaduras y cruces en el margen que indican que algunos de ellos habían fallecido mientras otros seguían siendo hermanos. Con ello queremos indicar que en estas fechas la cofradía no tenía 398 hermanos simultáneos, aunque la relación total de nombres suma esta cantidad. Estimamos que entre los que se dieron de baja y los que fallecían, la media de hermanos de la cofradía sería de algo más de 300, que para la fecha y el poco tiempo que llevaba de trayectoria la corporación es una cantidad importante.
 

Pero veamos a continuación lo que actualmente sabemos del desarrollo de las obras y decoración de la iglesia tras el incendio producido en la noche del 9 de junio del año 1708 (TORRES, 1981, 229), que obligó a reformar buena parte del convento. La primera noticia es del día 7 de octubre de 1726, cuando el Ayuntamiento concedió una limosna de 1.000 reales para las obras de la iglesia del convento de Carmelitas, que amenazaba ruina al estar interrumpidas por falta de dinero, haciéndose también una suscripción particular entre los regidores y jurados para dicho fin (IBID., 1981, 266). Con esta aportación al menos el recinto sacro debió culminarse en su totalidad. Un año más tarde, en concreto el día 25 de Agosto de 1727 el Ayuntamiento concedió al prior del convento de los carmelitas licencia para celebrar en el Mercado un festejo de toros en beneficio de la capilla que se estaba edificando a Ntra. Sra. de los Dolores (IBID., 1981, 269). Esta capilla no debió ser tal sino un arco en el que se dispuso el retablo y la imagen, junto al altar mayor. Las obras de la “capilla” fueron fulminantes, de ahí que pensemos que era un mero arco embebido en la pared, iniciándose de forma inmediata la ejecución del retablo. Abunda en esta hipótesis el hecho de que en 1756 el presbítero D. Luis Gabriel de Casas y Lara pidiese ser enterrado en el convento del Carmen “...como a dos varas frente del altar y ymajen de Nuestra Señora de los Dolores...” (PALOMINO, 2003, 190).
 

El retablo debió comenzarse hacia 1727, aunque poco más tarde quedó inacabado tal y como se anotó en el cabildo celebrado el día 26 del mes de noviembre de 1730: “... bien sabe Y le Consta se principió el retablo del altar de Nuestra Sra y el altífize qe lo Executava se ausento desta dcha Ciudad Y siendo presiso se Continue asta fenecerlo según La planta qe está aprobada...”
 
Fue en el mismo cabildo cuando la cofradía acordó “...se Continue dho Retablo Y para hello se ajuste con Mateo Primo Mo de arquitetura para qe lo ejecute según dha planta; En cuio Estado pareció el dho Mateo primo En este Cavildo Y se Ajusto Con el susodho q. dándole mill y quinientos rs, y la madera qe fuere necesaria se obligara en toda forma a Azer el referido retablo asta dejarle perfectamente Acabado Y Estando pte El dho Mateo Primo ofrecio azer el referido retablo en la forma qe esta Executado asta quí En cuia Conformidad qedo perfeccionado dho ajuste Entre dha Cofradía Y el dho Mateo Primo...”. El mismo retablista firmó en el acta del cabildo tal y como se aprecia en la fotografía inferior.
 

Mateo Primo, retablista oriundo de Alcalá la Real como el insigne Martínez Montañés, estaría en el convento realizando el retablo mayor por aquellos momentos, ya que se encontraba en Andújar como demuestra este documento. Tanto él como su hijo Antonio Primo de la Rosa habitaron en nuestra ciudad durante años, llegando el segundo a contraer matrimonio con 22 años de edad aquí, el día 14 de enero de 1731 con Teodora María Garrote, andujareña, en la iglesia parroquial de San Bartolomé (FRÍAS, 1999, 180). Su hijo Antonio Primo Garrote fue también escultor y nació en nuestra ciudad, aunque marchó a la villa y corte donde dejó buena parte de su obra. Es el autor de la famosa “Fuente de la Alcachofa” en Madrid.
 
El retablo no quedó concluido hasta mediados de 1733 siendo ésta la razón por la que el cabildo de reelección de gobernador, que debía convocarse el tercer domingo de mayo de ese año, se pospuso hasta el día 25 de Octubre “...Cavdo para la reelección de Gobernador pr que ... se avia de celebrar el Terzer domo de Maio Proximo Pasado del qual No se a executado hasta oy, de la fha. Pr averse estado aguardando Se acabase el retablo de nra. Sa de los Dolores Como Con efecto esta Acavado...”. No debió ser fácil para la cofradía acometer esta obra pues en paralelo se venía ya trabajando en la siguiente capilla para otra imagen de la cofradía: la del Cristo de la Paciencia.
 
 
Así, un año antes, en concreto el 11 de Mayo de 1732 ya se habría realizado el arco que debía cobijar un nuevo retablo, tal y como se informó en el cabildo celebrado ese día: “..En este Cavildo se vio la qta tomada a los Ermanos Po perez de la obra q. se hizo En la Capilla del Sr. dela pazienzia por los hos D. Pedro Rodríguez Y Alonso tirado Comisarios en la que resulta de Alcanze Contra dha Cofradía y A favor del dho Po perez En siento y quarenta Y seis Reales Vn y se le a de dar y pagar Nobenta Rs por aver perdonado lo demas, lo que le pague el Nuevo Gobernador (José Guerrero) y asi se acordo...” Como vemos el montante de la obra no fue elevado, de ahí que se tratase tan sólo de la construcción de un arco lateral que albergaría el siguiente retablo. La cofradía aún debió encargar varios retablos más, ya que contó con un crecido número de imágenes, como hemos visto.
 
El retablo mayor fue realizado también por Mateo Primo en colaboración con su hijo Antonio Primo y debió estar dedicado a San José, cuya imagen pudo ser una conservada hasta la Guerra Civil en la parroquia de Santa María. Las fotografías de la Fototeca de la Universidad de Sevilla son un auténtico tesoro que nos muestran estas imágenes hoy desaparecidas, cuando ya estaban en la parroquia de Santa María.
 

A través del expediente matrimonial de Antonio Primo, documento interesantísimo iniciado el día 26 de Agosto de 1730 y cerrado el día 5 de enero de 1731, él mismo indica entre otras cosas, que era natural de Alcalá la Real y que allí se mantuvo hasta 1720. Entre 1720 y 1722 estuvo en Baena trabajando con su padre. Desde 1722 hasta 1726 vivió en Andújar ejecutando diferentes obras. Entre 1726 y finales de 1729 volvió a Baena y a principios del año 1730 regresó a Andújar para iniciar otra obra (FRÍAS, 1999, 179), que creemos fue el retablo mayor del convento del Carmen. Debió ser su matrimonio lo que hizo que este taller itinerante se mantuviese en Andújar durante años.
 
Sabemos que en 1738 Antonio Primo estaba ejecutando el retablo de las carmelitas descalzas de Lucena siguiendo las trazas del retablo mayor del Carmen de Andújar (RAYA, 1987, 112), por lo que su aspecto nos ilustra cómo debió ser la cabecera del convento andujareño. El retablo lucentino es de cascarón con estípites que enmarcan tres calles, la central presidida por el patriarca Señor San José.
 

En 1747 se sabe que construyó el retablo mayor del convento del Carmen de Antequera en colaboración con el escultor José de Medina, autor del Cristo de la Expiración de Jaén entre otras obras.
 
El cancel de San Miguel sería una obra relativamente temprana, posteriormente construiría el retablo del Cristo de la Columna cuya decoración en yeso quedó finalizada en 1733.
 

Otra obra muy próxima al maestro es el soberbio camarín del Cristo de los Llanos de Baños de la Encina, edificado en 1744.
 
Para poder finalizar el retablo se buscó la influencia del segundo marqués del Cerro de la Virgen de la Cabeza, D. José de Tavira Ossorio Zaldívar y Landauri, cuyo linaje logró como casa principal el castillo de Andújar. El hecho tuvo lugar en el  cabildo celebrado el día 19 de Mayo de 1731 cuando se le nombró protector de la cofradía: “...En este Cavildo se rrezivio por protector de esta Cofradía a Dn Joseph de Tavera Marques del Zerro de la Caveza, no obstante serlo de ella Dn Luis de Albarrazín quien a de ttener la primazia en ella como tal protector anttiguo desde la fundazon de esta Cofradía y despues el dho Marques en segundo lugar y Grado...” En este sentido hemos de recordar que los Albarracín eran además patronos de la capilla mayor del convento del Carmen (PALOMINO, 2003, 187) por lo que no es extraño que fuesen protectores igualmente de la cofradía desde su fundación, acaecida en el año 1718. El nombramiento como segundo protector de la cofradía del Marqués del Cerro de la Cabeza fue consecuencia de su buen hacer a la hora de recoger donativos para sufragar el retablo de la Santísima Virgen de los Dolores. La licencia para pedir limosna para la obra había tenido lugar en el cabildo celebrado por la cofradía el 26 de noviembre de 1730: “...Se Acordo se nombrasen Por comisarios para la asistencia a persevir las limosnas de los fieles y de la qe se diese por la Cofradía a los hos D. Po Rodríguez, Estevan Navarro Y Antonio de Robles Y para que le paguen Y salgan Con el Sr. Marques del Serro de la Cabeza a pedir para dha obra Con la obligación de dar quenta de lo qe percibieren...”
 
Hemos visto ya en esta primera entrega sobre la historia de la cofradía de la Virgen de los Dolores del Carmen la gran pujanza de esta corporación durante la primera mitad del siglo XVIII. En pocos años logró un patrimonio extraordinario, convirtiéndose en un referente del cenobio carmelita. Fueron protagonistas en este proceso sus gobernadores, impulsores junto con sus respectivas juntas de gobierno de su  nacimiento y que a mediados del siglo XVIII estuviese ya plenamente consolidada en nuestra Semana Santa.


BIBLIOGRAFÍA.

CARRERO RODRÍGUEZ, J. (2000): La Hermandad de Las Penas. Su Historia, Sevilla.

FRÍAS MARÍN, R. (1999): “El expediente matrimonial del retablista Antonio Primo”, Senda de los Huertos, nos 55-56, 179-182

PALOMINO LEÓN, J. A. (2003): Ermitas, Capillas y Oratorios de Andújar y su término, Jaén. 

PEREZ GARCÍA, L. P. (2000): Andújar y el largo siglo XIX, Jaén.

RAYA RAYA, Mª A. (1987): Retablo barroco cordobés, Córdoba.

RUBIO FERNÁNDEZ, J. (2002): Santa María la Mayor de Andújar. Datos para la historia de una parroquia, Andújar (Jaén).

TORRES LAGUNA, C. (1981):  Andújar a través de sus actas capitulares (1600-1850), Jaén.

 

jueves, 27 de octubre de 2016

ENTIERROS EN LAS COFRADÍAS DE ANDÚJAR. CUANDO LAS IGLESIAS ERAN CEMENTERIOS

Maudilio Moreno Almenara

Aquí yace la Venerable Sierva del Señor la Hermana Ana de la Concepción, en el Campo hermoso de las Virtudes muy ejemplar Ángel de la pureza, Querubín de la ciencia y Serafín en el divino Amor, cambió esta vida por la inmortal y eterna el día 16 de octubre de 1734 de edad de 50 años”. Así reza una de tantas inscripciones existentes en nuestras antiguas capillas de conventos, parroquias y catedrales...

 
El epitafio es un auténtico homenaje a la finada y un reflejo de la mentalidad de la época. Es éste un aspecto muy distinto de nuestra visión actual de la muerte, mucho menos presente en la sociedad de lo que estaba entonces.
 
Los muertos compartían el espacio sacro de manera habitual con los vivos durante los siglos del Barroco. Hoy en día la mayor parte de estas tumbas están vacías, y sobre todo, casi nadie repara en ellas o lee sus epitafios. Para ir a visitar a nuestros ancestros, nos desplazamos a las afueras de la ciudad, donde sus restos reposan en los cementerios municipales, y existe un gran rechazo a todo aquello que anuncie la muerte.
 
Está claro que todo este concepto y su visión del fatal destino, no deja de ser algo propio de nuestra mentalidad. Si nos abstraemos de nuestros sentimientos más profundos, la biología nos demuestra que tan natural como la vida es la muerte, y por ello no dejan de ser inseparables. Pero no es menos cierto que esta separación de la muerte y la vida, en dos “ciudades” físicamente distintas, conlleva también una apreciación diferente del cese de la vida biológica, muy separada de la mentalidad barroca, que sólo quería  tener una ciudad, la misma, para vivos y muertos. En la iglesia parroquial de Santa María se conserva el único monumento funerario que aún nos queda de los siglos del Barroco, como fiel reflejo de este fenómeno.

 
No obstante, existen algunos indicios que permiten intuir la posibilidad de que existieran otros semejantes en la misma parroquia. A menudo los sepulcros se disponían en hornacinas embutidas en los muros, que se denominan arcosolios. Es probable que ésta sea la razón de este arco, aún conservado en Santa María, y que pudo corresponder a otro sepulcro que se desalojaría con motivo del cambio de orientación de la parroquia.

 
Hay ejemplos de sepulcros de este tipo a cientos, algunos muy significativos, por su aspecto formal en forma de “hornacinas” embutidas en un muro con arcos rebajados como el antaño tabicado de Santa María, hoy un reducto ilegible para la mayoría en plena vía pública, pero que no deja de ser una magnífica manifestación de la mentalidad de una época:

 
Existen otras piezas que demuestran la existencia de más enterramientos claros. Es el caso del que fue mutilado con motivo de la Guerra Civil de 1936 en San Bartolomé.
 
Sólo queda in situ la inscripción, aunque tanto la urna funeraria como la escultura, hoy decapitada, del personaje se conserva en dependencias parroquiales. Correspondió al enterramiento de nuestro hermano el obispo de Tuy y de León,  Francisco Terrones del Caño. En este caso el lugar donde se depositaron los restos mortales fue una mera urna o caja de piedra, puesto que sabemos fue el segundo lugar donde reposaron sus restos mortales. D. Francisco falleció en Mansilla, siendo enterrado en primera instancia en su convento de San Agustín. Posteriormente, ya sólo huesos, sus restos fueron trasladados a San Bartolomé de Andújar.

 
Está convivencia entre vivos y muertos mantenía la memoria viva a la vez que servía para perpetuar el recuerdo de un linaje. Y si bien la muerte lógicamente era temida como ahora, no lo es menos que este tránsito, como reza la lápida que hemos reproducido al comienzo de estas páginas “...cambió esta vida por la inmortal y eterna...” se llevaba de otro modo.
 
Hoy en día muchos de estos testimonios funerarios permanecen ya como meras piezas arqueológicas, como esta lápida sepulcral de la iglesia de San Lorenzo en Córdoba, dispuesta sobre la pared de la nave de la Epístola.

 
No debemos olvidar tampoco que en estos siglos se produjeron grandes epidemias de peste. La peste era el nombre genérico que se otorgaba a diferentes enfermedades infecto-contagiosas. La llamada peste negra o peste bubónica azotó en diferentes ocasiones nuestra ciudad y su trasmisión se producía principalmente a través de la picadura de las pulgas que portaban ratas, gatos y perros, y que a menudo se alojaba en la ropa de los enfermos. Se manifestaba con bubas (de ahí el nombre de bubónica) o hinchazones en zonas ganglionares. Recibió el nombre de peste negra, porque principalmente los dedos de las manos y pies, nariz, orejas... se tornaban de color negro, finalizando en necrosis. Aparte de estos síntomas muy apreciables a primera vista, se producían en los enfermos vómitos, dolor de cabeza y fiebres muy altas. Todo ello se producía con gran rapidez y debido a la falta de higiene de instalaciones, ropas, etc. se contagiaba con inusitada facilidad.
 
La peste de 1680 fue la más mortífera en Andújar. La psicosis debió hacer mella en nuestra ciudad. Hemos de imaginarnos escenas terribles no sólo en los hospitales o en los macabros entierros, a menudo en fosas comunes “saneadas” con cal viva, sino también en la vida diaria. La desconfianza generalizada, la suspensión de fiestas o eventos con aglomeraciones, el resquemor hacia los productos vendidos en mercados y a quienes los vendían... debieron ser constantes. Estas epidemias solían durar entre uno y dos años hasta que quedaban totalmente erradicadas. Se cerraban las puertas de la ciudad, se interrumpían la mayor parte de las transacciones comerciales foráneas, quedando la población en cuarentena. En nuestra cofradía se conserva una anotación al margen de un cabildo del año 1680, que abnegadamente dice: “...este día se publicó La Peste en Anduxar.....”, es decir, ese día 26 de mayo se reconoció públicamente que la ciudad estaba contagiada. El drama estaba servido.
 
Aún no sabían quienes se reunieron en este cabildo, que muchos de sus familiares y probablemente incluso algunos de los que asistieron, estarían muertos al año siguiente. Cualquier malestar estomacal transitorio, un simple moratón en un dedo que se provocase un carpintero, una infección de garganta o una tos en esas circunstancias sembraba el pánico y la desconfianza de vecinos y familiares.

 
Muy llamativo resulta que los dos traslados que la cofradía posee de la concordia firmada con los frailes de San Francisco sean del año 1681, en plena epidemia de peste. El documento original era de 1579, pero justo en este año se sacaron dos copias ante el escribano/notario Manuel de Morales. Uno de los aspectos principales del legajo, como veremos a continuación, se refiere a los entierros de los hermanos de la Vera Cruz en su capilla. Es probable que la psicosis alcanzara el convento franciscano y algunos frailes plantearan que no se enterrase en esas fechas a nadie en la capilla, por el temor al contagio. Se pensaba erróneamente que la peste se contagiaba por el aire, así que el  miedo estaba justificado. Estas epidemias suponían una debacle, la tasa de mortandad en los contagiados era altísima y la forma de morir, era simplemente horripilante, sin los cuidados paliativos y los analgésicos que hoy ayudan a los enfermos a no padecer unos dolores insoportables.
 
Ante estas adversidades y la necesidad de ampararse de documentación oficial que permitiese a la cofradía disponer del espacio que legalmente fue cedido hacía ya más de un siglo para su uso como lugar de entierro sin otras limitaciones, parece razonable pensar que la cofradía sacase dos copias del documento original, con el fin de prepararse ante un indeseado pleito. Éste no debió producirse, ni tampoco queda reflejo expreso del posible conflicto. Sí está demostrado por un cabildo del año 1680 presidido por el gobernador Manuel García Cañete, el deseo de los oficiales para cumplir con la obligación que tenía la cofradía de decir 12 misas a cada oficial y esposa en sus sepelios, así como acompañar con el Santo Cristo de los entierros y seis frailes del convento con sus respectivos cirios, “...con adbertencia que tienen entierro en las bóvedas de la dicha cofradía...”.

 
Fueron epidemias muy crueles, casi nadie quería enterrar a los muertos, así que a menudo se obligó a los presos de la cárcel a hacerlo. En 1649 la población de Sevilla se redujo a la mitad como consecuencia de una oleada de peste. En esta ocasión nuestra ciudad se libró de la epidemia, pero no corrió la misma suerte en los años 1659-1660, ni en 1680. El 13 de Agosto de 1681 el cabildo municipal acordó “...hacer unos funerales por los muertos en el pasado año de la epidemia de peste que azotó a la ciudad en razón de que casi todos fueron pobres de solemnidad...”. Estos terribles y recurrentes episodios durante el siglo XVII provocaron numerosos decesos, de hecho se calcula que entre los años 1680-1681 murieron en torno a 6000 personas, la mitad de los habitantes de Andújar. Son cifras realmente dramáticas que debieron afectar psicológicamente durante años a nuestra ciudad.
 
Este cuadro conservado en la iglesia de Santo Domingo de Antequera refleja cómo la peste alteraba la vida ciudadana, y dado que se consideraba un castigo divino por los pecados cometidos, eran constantes las misas, rogativas, procesiones extraordinarias, etc., para “aplacar la ira de Dios”.

 
No es de extrañar que en este terrible contexto D. Miguel de Mañara, poco después de ingresar en el Hospital de la Caridad de Sevilla en 1662, encargase a Valdés Leal este cuadro que refleja como ningún otro aquello de lo que estamos hablando, aunque forme parte de un programa iconográfico más complejo. Él mismo vivió con 22 años los estragos de la peste en su ciudad natal. El lienzo se titula “In Ictu Oculi”, que viene a traducirse como: “En un abrir y cerrar de ojos”. Se representa a la muerte, apagando con una de sus manos la vela que simboliza la vida, mientras con la otra sujeta la guadaña, con la que recoge su macabra “cosecha”. A sus pies, pisoteados: el Mundo, las espadas y ropas de caballeros, la tiara papal, el capelo o galero de un obispo, la cruz patriarcal y un sinfín de libros eruditos. La lección: la muerte llega a todos, intelectuales, papas, caballeros, arquitectos.... y en cualquier momento. En resumen, un cuadro elocuente de la mentalidad, brutalmente clara, de D. Miguel de Mañara: “la vanidad no es de Cristo, la humildad  y el servicio a los demás sí, porque a todos nos llega nuestra hora”. Sin embargo, y a pesar de haber encontrado hace tiempo remedio para la peste, no hemos encontrado antídoto para la vanidad, y a día de hoy, más de uno y una podría aplicarse la lección de este cuadro, que es eterno, porque vanidad y egoísmo parecen intrínsecos al ser humano. Un cuadro de aspecto repulsivo, pero quizás el mejor de la Historia, por su lección y la vigencia de su mensaje.....”no habéis aprendido nada 300 años después.... parece decirnos la Muerte”.

 
Aparecieron entonces epitafios “exageradamente” humildes como éste de Dª Inés Enriquez Valdés en la catedral de Córdoba. Existe un mundo en estas palabras rotundas que parecen describir la inexistencia de cualquier futuro.

 
Más frecuentes fueron otros con más esperanza, como éste de la familia Bernini, en Roma, donde está enterrado el célebre escultor y arquitecto Lorenzo Bernini, que traducido del latín dice: “De la noble familia Bernini, aquí espera la resurrección”.

 
Más rico incluso en información para entender el modo en el que el agonizante se enfrentaba a la muerte que los epitafios de tumbas, la mayoría de las veces muy escuetos, eran los testamentos. En ellos se aprecia tanto la mentalidad del inmediato finado como el afán por preparar cualquier detalle del velatorio o entierro. Para el primer caso tenemos el testamento de 1622 de D. Juan Palomino Álvarez, quien inició de este modo el documento: “Primeramente encomiendo mi ánima a Dios Nuestro Señor, que la hiço, crio y redimió por su preciosa sangre y Pasión. Y el cuerpo mando a la tierra de a donde fue formado, y quando de mi acaeciera finamyento, mando que mi cuerpo sea sepultado en la iglesia parroquial de Señor Santiago...” (PALOMINO, 2003, 145). Para el segundo caso, es decir, la preparación con detalle del velatorio, valga como ejemplo el testamento de Dª María Flora Orozco del año 1803, en el que mandó “...que enseguida de mi fallecimiento se coloque mi cadáver en el despacho de mis casas, donde quedarán todos los santos que en él tengo para su adorno y hasta que sea sepultado se pongan cinco achas de zera encendidas en memoria de las cinco llagas de Señor San Francisco...” (IBID., 2003, 187). También como hemos dicho se describía con minuciosidad en estos documentos el modo en que se debía hacer el acto del entierro, es el caso de las últimas voluntades de Dª María de Albarracín y Quero, viuda de D. Miguel de Piédrola Jurado, en 1816: “Mando, que asista al referido mi entierro, la Sta. Cruz de la parroquia de San Bartolomé, donde al presente soy feligresa, y 12 clérigos sirvientes de ella. La Universidad Eclesiástica de priores y beneficiados, con doble de campana. Las tres comunidades de la Sta. Trinidad, la Victoria y S. Francisco de Asís...”
 
Quiero, se conviden para que asistan a mi entierro 12 pobres con hachas encendidas acompañen a la Sta. Cruz, dándole a cada uno 4 reales, y todo lo demás concerniente a la procesión lo dejo a la voluntad de mis herederos y albaceas...”

 
No decía ninguna incoherencia la testadora cuando hablaba expresamente de “procesión”, pues no cabe duda que si no lo era exactamente, se parecía mucho. Todo el acompañamiento descrito habría de hacerse en torno a esta cruz, la de la parroquia de San Bartolomé, de la que era feligresa. En numerosas ocasiones se elegía también la mortaja del cadáver. Es el caso de Francisco Palomares en 1806, quien dejó indicado que “...sea amortajado con hábito de Señor San Francisco de Asis y sepultado en la iglesia del convento y religiosos de Nuestra Señora del Carmen...” (IBID., 2003, 187-188). Lo más frecuente, sin embargo, fueron las mandas de misas, es decir, el encargo de un número de responsos, que dependiendo de las intenciones y capacidad económica del inmediato finado podían ser muy numerosos o el mínimo que su capacidad económica le permitiese. A menudo, aquellos que gozaban de un mayor poder económico, solían convertir el despido de la sociedad de los vivos en un reflejo de su “influencia y poder” en este Mundo... un entierro ostentoso era propio de los nobles y si no era multitudinario podría parecer que el finado no había sido “nadie” en vida.
 
Las cofradías fueron también en este momento un reflejo de este fenómeno.  Solían tener espacio en sus capillas para dar sepultura a sus hermanos, bien en el suelo, bien sobre las bóvedas que servían de techo. Este interés, en el caso de la Vera Cruz, queda claro en la concordia con la comunidad de frailes del convento de San Francisco del año 1579, por la cual se pactaron las condiciones para la construcción de la nueva capilla de la cofradía. Extractamos la parte correspondiente a las sepulturas:

 
...Yten Con Condicion que dentro de la dha Capilla, que assi la Cofradia hiciere todas las sepulturas que cupieren en la dcha Capilla desde el altar hasta la Calle, sea dela dcha Cofradia para que la dicha Cofradia pueda enterrar en las dhas sepulturas todos los Cofrades de la dcha Cofradia que se quisieren enterrar, con que la dcha Cofradia pueda tener señaladas seis u ocho sepulturas dentro del dcho Cuerpo para poder enterrar los pobres que a la dcha Cofradia le pareciere aunque no sean hermanos, y en las demas sepulturas no se pueda enterrar si no fuese Cofrade de la dcha Cofradia, y si la dcha Cofradia quisiere darle algunas sepulturas a hermanos de la dcha Cofradia para que las tengan por propias suyas, para ellos y para sus descendientes; la dcha Cofradia se la pueda señalar y hacerle Escriptura dello...
 
Queda así claro que era éste uno de los aspectos más relevantes y mejor descritos de la concordia y que igualmente se permitía enterrar a pobres que no tuviesen otro lugar para que descasen sus restos mortales. También quedó reflejado en la concordia la posibilidad de que la cofradía cediese en propiedad alguna sepultura a sus hermanos, cuestión que no sabemos si en algún momento se hizo. Sí que debió ser una práctica habitual, tal y como pone de manifiesto esta inscripción de una tumba de la iglesia del Salvador de Sevilla, donde se señala que el “cañón” (llamando así el panteón porque era habitual que estas tumbas tuviesen en su interior una pequeña bóveda de cañón) pertenecía al mayordomo de la Cofradía Sacramental, hoy agregada a la del Señor de Pasión, D. Carlos Vergel de la Barrera, aunque tenían derecho a enterramiento en ella también su mujer, hijos y sucesores.

 
Para que los hermanos de la cofradía pudieran ser enterrados en lugar sacro, ésta debía disponer de capilla propia, de ahí el interés que nuestra corporación tuvo por mantener y acrecentar su capilla entre los siglos XVI al XIX.
 
Aparte de otras cuestiones de exorno, era fundamental también habilitar mucho espacio de enterramiento, pues con el tiempo las tumbas que permitieron los frailes hiciese la cofradía en el suelo estaba llenas. Comenzaron entonces a depositarse cadáveres en las bóvedas. Es lo que durante los años del Barroco se denominaron enterramientos en bóveda.
 
En el inventario de la Vera Cruz del año 1685 se mencionan “...dos Cordeles para los difuntos entrarlos en las Bobedas...”. Es decir, para subir con una polea los muertos al espacio bajo el tejado de la capilla. El “espectáculo” debió ser ciertamente desagradable, pues hemos de suponer que con estas cuerdas se subían a los cadáveres amortajados o envueltos en sábanas, no en cajas.
 
En el caso de la cofradía de Jesús Nazareno, sabemos tenía dos grandes bóvedas para enterramientos: una para los que habían sido oficiales de la corporación y otra para los demás hermanos (TORRES, 1956, 126). La cofradía de la Humildad de las mínimas, también contó con bóveda de enterramiento (PALOMINO, 2003, 197-198) y la Soledad en el suelo de su capilla del convento de mínimos (IBID, 2003, 231).
 
Es bastante probable que el hallazgo de los restos humanos, producido hace años en Santiago, respondan a este fenómeno, que no era privativo de las cofradías sino que también se solía hacer con los familiares de los patronos de las distintas capillas. En este caso sabemos que la capilla mayor fue patronato del linaje Cárdenas, aunque el modo en el que se retiraron los restos óseos humanos y su posterior desaparición, impide a día de hoy saber si compartían ADN, y por tanto era el osario de esta familia.

 
En el caso de las cofradías estos trabajos eran realizados por hermanos elegidos al efecto. No lo sabemos a ciencia cierta en la cofradía de la Vera Cruz, pero sí en la de los Dolores del Carmen, por lo que deducimos que fue habitual en todas las corporaciones de Semana Santa de nuestra ciudad. En el libro de cabildos de la hermandad carmelita del año 1721 se eligieron cargos, entre ellos: “...Y por enterradores a los hermanos Luis Jideon Y Juan zebrian a quienes el dho hermano maior Y fiscales se lo azen saver...”.
 
Esta convivencia entre vivos y muertos a veces no fue del todo “pacífica”, sabemos que entre 1703 y 1705 la Vera Cruz empleó una cantidad de dinero “...en cal y travaxo de rebocar y tomar las juntas de las laudas (enterramientos) de las bóvedas de dicha cofradía porque salia mal olor...”  (PALOMINO, 2003, 247), lo que seguro se hizo por protestas de los fieles. Unos años antes, entre 1695 y 1697, se emplearon un total de 160 reales en “...limpiar las bóbedas de la capilla por estar llenas de huesos y madera...” (IBID., 2003, 146).
 
Por otra parte, los asuntos relativos a entierros en nuestra cofradía no sólo afectaban a los sepelios propiamente dichos, a menudo aparece la venta de alguna túnica de la cofradía para mortaja. Es el caso de la escuadra del Cristo de la Columna, en cuyo cabildo del año 1717 se menciona: “...Yten siete Reales Y diez y seis mrs. Los mismos en que de consentimiento de la esquadra se vendio para mortaja una tunica bieja...”.

 
Igualmente en las reglas de la escuadra se indica que era obligatoria la asistencia de los hermanos a los entierros de los cofrades. Se especificaba en el capítulo cinco, que se sancionaría con un real de multa a quien faltase sin causa justificada. Esta obligatoriedad quedaba explicada en el texto de un modo muy bonito: “...porque a de ser preçisa ... dicha asistençia a dichos entierros, que pues emos sido hermanos y compañeros en esta vida, lo seamos en la ora de la muerte...”. En la regla 13ª del Santísimo Cristo de la Columna se establece “ ...Yten que cada acaezca morir alguno de los oficiales de dha esquadra, sus mujeres y ijos los dhos oficiales los an de llebar en hombros...” Vemos pues que el momento de la muerte contaba con un auténtico protocolo establecido en las reglas de forma totalmente habitual.

 
A menudo las cofradías también obtenían beneficios importantes a través de la asistencia a entierros de personas relevantes, que aunque no fuesen hermanos de la corporación, reflejaron en sus mandas testamentarias la voluntad de que la representación de una determinada cofradía acudiese a su entierro. Habitualmente eran varios los hermanos asistentes, con varas, estandarte corporativo y a menudo la denominada Cruz de los Entierros, una insignia específica  para este tipo de actos de despedida.
 
En el archivo de la cofradía de la Santa Vera Cruz existen numerosas anotaciones de este tipo. Digamos que el “servicio” estaba tasado o calculado por los testadores, pues era normal que se aportasen 100 reales por este concepto. Dejamos aquí tres registros del libro de cuentas del siglo XVIII de nuestra cofradía en el que se asisten a entierros de personas tan relevantes como D. Antonio de Cárdenas Miranda, hermano del conde de la Quintería, D. Juan de Lemus, Dª Luisa Ponce, el marqués del Contadero, posteriormente la marquesa del Contadero, el marqués del Puente de la Virgen y el marqués del Cerro de la Virgen:

 
No se agota el tema aquí. Es la mentalidad de la época la que se puede rastrear a través de estos documentos. Íntimamente relacionado con ello era la falta de asistencia médica generalizada, algo inimaginable a día de hoy. La consecuencia es que la enfermedad era muy temida, la medicina estaba “en pañales”, la viudedad en familias trabajadoras suponía prácticamente la muerte por inanición.
 
Un panorama sombrío que hoy, con nuestro “Estado del bienestar” y las diferentes ayudas a los más desfavorecidos ha podido paliarse en parte. Muy lejos quedan ya aquellos momentos en que las iglesias eran cementerios y cuando la muerte convivía con naturalidad en el mundo de los vivos, asumiendo el pecado original que nos relegó a padecer como seres mortales.
 

BIBLIOGRAFÍA.

PALOMINO LEÓN, J. A. (2003): Ermitas, Capillas y Oratorios de Andújar y su término, Jaén.

SANTONJA, J. L. (1998-99): “La construcción de cementerios extramuros: un aspecto de la lucha contra la mortalidad en el Antiguo Régimen” Revista de Historia Moderna nº 17, pags. 33-44.

TORRES LAGUNA, C. (1956): Andújar Cristiana, Andújar (Jaén).

miércoles, 19 de octubre de 2016

PERSONAJES ILUSTRES EN LA COFRADÍA DE LA SANTA VERA CRUZ DE ANDÚJAR. LOS CRIADO Y CASTILLA

Maudilio Moreno Almenara

 
Son tantos los personajes ilustres que han pertenecido a la cofradía de la Santa Vera Cruz de Andújar, que nos vemos obligados a presentar diferentes entregas monográficas. Ya lo hicimos con los Terrones del Caño, descollando como primera figura de este linaje el Obispo D. Francisco Terrones del Caño, confesor del rey Felipe II, y cuyo padre, D. Lorenzo Terrones fue gobernador de la cofradía en varias ocasiones durante la segunda mitad del siglo XVI, en concreto en 1564 y en 1579.
 
Lo primero que hemos de señalar es que la documentación disponible es muy parcial, es decir, no contamos con los libros completos donde se anotaron a los hermanos desde la fundación de la cofradía, que sin lugar a dudas nos habría proporcionado un estudio más completo y distinto del que hacemos. En su lugar, tan sólo tenemos unas diez páginas con una lista que debe abarcar una parte de los hermanos de la cofradía entre los siglos XVI y XVII, por lo que de momento de esta lista venimos extrayendo aquellos nombres de los que existe alguna otra información que nos ayude a entender, siquiera someramente su linaje.
 
 
En esta ocasión haremos un pequeño estudio sobre la familia Criado y Castilla, del mismo modo que antes lo hicimos sobre los Terrones y Caño. Partimos, como decíamos, de datos existentes en el variado archivo de la cofradía de la Santa Vera Cruz y de otros dispersos, que nos muestran en ocasiones la relevancia que adquirieron ellos o sus descendientes directos, a menudo fuera de Andújar.
 
Algunos llegaron a ocupar cargos de prestigio en numerosas instituciones castellanas o incluso en América, lugar que ofrecía enormes posibilidades tanto para el desarrollo profesional como para hacer fortuna, es el caso de los Criado y Castilla como veremos a continuación.
 
 
No cabe duda que para la enorme valía de muchos, Andújar se les quedaba pequeña. A fines del siglo XVI la población de nuestra ciudad alcanzaba escasamente unos 10.000 habitantes. No había nobleza medieval propiamente dicha, es decir, nuestra ciudad no era el centro de un condado, marquesado, ni ducado. Era realenga (propiedad del rey) y por ello los distintos títulos que finalmente surgieron a partir de la segunda mitad del siglo XVII (conde de la Quintería, de Gracia Real, de Agramonte, marqués del Puente de la Virgen, de la Merced, del Cerro de la Virgen....) fueron concesiones que se enmarcan en los programas para paliar las maltratadas arcas reales de Carlos II (1675-1700) y Felipe V (1700-1746) principalmente.
 
Es imposible, por tanto, que uno de estos títulos existiese en el seno de las cofradías andujareñas en el siglo XVI o la primera mitad del XVII (momento que nos ocupa), puesto que aún no se habían creado. Los datos conocidos para la cofradía de Jesús Nazareno, que recibió el sobrenombre de “Señor de los señores” por contar entre su nómina de hermanos a los marqueses del Contadero, del Cerro, de la Merced, de Santa Amalia, de Torre Mayor, del Puente de la Virgen y de Vilanos y los condes de la Quintería, de Agramonte, de Gracia Real, de la Lisea... (TORRES, 1956, 258), son del siglo XVIII, al igual que los del Cristo de la Columna de Santiago, con el marqués de la Merced en 1777, marqués de Vilanos en 1781 y el marqués del Contadero en 1807 (IBID., 1956, 283).
 
Las familias ilustres de fines de la Edad Media lo eran por fortuna económica, en algunos casos al haber acompañado a los reyes en la conquista de territorios a los musulmanes, caso por ejemplo de los Cárdenas y en la gran mayoría de las ocasiones por haber logrado prósperos negocios que finalmente permitieron a algunos de sus descendientes estudiar en universidades de prestigio para ocupar cargos administrativos de relevancia. Los Criado y Castilla forman parte de este segundo grupo, fueron, junto a otros, la “nobleza” de Andújar de buena parte de la Modernidad, y lo hicieron especialmente por sus valías personales, no por cuna. Su legado fue muy importante, valga como ejemplo la joya pictórica de nuestra ciudad, el impresionante cuadro del Greco la Oración en el Huerto, donado por D. Antonio Sirvente de Cárdenas, presidente de la Chancillería de Granada a la iglesia parroquial de Santa María la Mayor a comienzos del siglo XVII.
 
 
Debido a que D. Antonio Sirvente de Cárdenas murió en 1606, fue su sobrino (hijo de su hermano Juan y de su cuñada Dª Mayor Jurado) también llamado Antonio Sirvente, y hermano de la Santa Vera Cruz, quien encargó el retablo mayor de la iglesia de Santa María a Sebastián de Solís, donde quedó instalado el famosísimo cuadro hasta la Guerra civil. Lo hizo, como heredero del patronazgo de la Capilla Mayor de Santa María (DOMÍNGUEZ, 1994, 389).
 
 
No fue el único hermano de la cofradía que fue patrono de una capilla mayor de Andújar. Así, D. Alonso Serrano de Piédrola lo fue de la Capilla Mayor del Convento trinitario de San Eufrasio, uno de los principales de Andújar, que existió en la actual Corredera de Capuchinos, aunque fue derribado hacia el año 1850, debido a la desamortización y tras los graves daños producidos con motivo de la Guerra de la Independencia. Fue además Alcalde en propiedad del Castillo en 1603, pagando por ello 13.000 ducados en un solo plazo (JIMÉNEZ, 2004, 31).
 
 
 
En otros casos fueron hermanos de nuestra cofradía herederos de los fundadores de capillas mayores, como D. Alonso de Valenzuela, hijo de D. Rodrigo de Valenzuela, regidor del Ayuntamiento y patrono de la Capilla Mayor del Convento Mínimas de Jesús María. Alonso de Valenzuela era nieto de D. Luis de Valenzuela,  fundador de la capilla mayor del primer convento de franciscanas mínimas de España, la cual “sacó de cimientos” (PALOMINO, 2003, 194).
 
 
 
Hemos comprobado ya que los patronos de algunas de las principales iglesias de Andújar, o bien sus descendientes o ascendientes fueron hermanos de la Cofradía de la Santa Vera Cruz, figurando en sus listas de hermanos.
 
En este caso concreto nos centraremos en la figura de D. Andrés Criado, hermano de la cofradía y padre de D. Alonso Criado de Castilla, quien aparece junto con sus descendientes en la ejecutoria de hidalguía mencionada a principios de este artículo, y que como recordaremos fue adquirida por el Instituto de Estudios Giennenses. Su patrimonio era importante pues disponía en aquellos años de una inversión en baldíos en la Sierra de Andújar de 93.750 maravedíes (ARAQUE y SÁNCHEZ, 2006, 180).
 
 
No sólo perteneció a la cofradía D. Andrés, sino también algunos miembros de su familia política. Andrés Criado estaba casado con Marina de Castilla y vivían en la feligresía de San Bartolomé. En las listas de hermanos de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII aparecen: Alonso de Castilla, hijo de Bartolomé de Castilla, así como Alonso de Castilla y Antón de Castilla, hijos de Alonso de Castilla.
 


 
Probablemente tanto D. Bartolomé como D. Alonso fueran hermanos de Marina de Castilla y por tanto, los tres hijos de ambos, mencionados en las listas, eran sobrinos de D. Andrés.
 
Para ayudarnos a entender la proyección de esta familia y su origen, contamos con el inestimable apoyo de la publicación de una ejecutoria de hidalguía, adquirida en el año 2002 en Granada por el Instituto de Estudios Giennenses al anticuario Ignacio Martín Villena (MORALES, 2007, 401). El libro es de un gran valor, tanto por su contenido como por la calidad de su encuadernación y dibujos.
 
 
Una ejecutoria de hidalguía es un título o diploma en que consta legalmente la nobleza de una persona o familia, entendida ésta desde los parámetros propios de la Edad Moderna. El libro contiene el proceso iniciado en 1587 y concluido en 1591 ante la Real Chancillería de Granada, por D. Alonso Criado de Castilla, natural de Andújar.
 
La cuestión no pasaría de un enorme regocijo porque esta valiosa pieza haya pasado a una institución pública sino fuese también, porque a partir de su publicación cabe conocer a estos ilustres personajes que lograron el estatus de hidalgos y su proyección fuera de Andújar a través del prestigio adquirido por los protagonistas de este libro.
 
Todo parece indicar que el linaje Criado procedía de la actual Higuera de Arjona, entonces Higuera de Andújar. De allí eran los ancestros de Juan Francisco Criado Ramírez y de Alonso Criado de Castilla, primos hermanos: el primero padre del beato Marcos Criado (TORRES, 1956, 170) y el segundo, personaje de gran importancia en América y que nos ocupa en este artículo. Juan Francisco Criado era hijo a su vez de Lorente Criado, mientras que Alonso Criado de Castilla lo fue de Andrés Criado, hermano de la cofradía de la Santa Vera Cruz, casado con María de Castilla, y cuya casa estuvo en la collación de San Bartolomé. Los abuelos de ambos fueron Alonso Criado y Elvira Rodríguez, vecinos de Andújar, que habitaron las casas en la collación de San Lázaro de su padre, de nombre también Alonso, casado con María Verdejo, ambos naturales y vecinos de la Higuera (MORALES, 2007, 403).
 
 
Vemos así cómo D. Andrés Criado, hermano de nuestra cofradía, fue tío abuelo del Beato Marcos Criado, denominado mártir de las Alpujarras. En el convento de los Trinitarios de San Eufrasio, en la Corredera de San Lázaro (hoy de Capuchinos), en el barrio que habitasen sus bisabuelos (Alonso y Elvira) se dispuso una imagen del beato, a cuyos pies se leía:
 
El Ilustre mártir y venerado padre, Fray Marcos Criado Notario, natural de la Andújar e hijo de su religiosísimo Convento de la Santísima Trinidad: predicando en La Peza a los Moriscos Mahometanos, rebelados contra el Rey (Felipe II), fue ahorcado de un árbol, con tal disposición, que estuvo sin morir tres días, cantando salmos, siendo apedreado y sacándole el corazón, en el cual estaba grabado el nombre de IESUS....” (TORRES, 1956, 174-175). Así se le representa habitualmente, con su corazón en la mano y grabado en él, el Santo Nombre de Jesús...
 
 
Curiosamente en el correo destinado al Ayuntamiento del domingo 20 de Abril del año 1755 se recibió un sobre en cuyo interior solamente figuraba una estampa del beato andujareño (IBID., 1981, 320) como ésta que reproducimos. Se acordó conservarla en el archivo, a pesar de desconocer porqué se remitió. Unos meses más tarde, el día 1 de Noviembre de ese mismo año se produjo el famoso terremoto de Lisboa que provocó importantes daños en la ciudad, aunque no constan muertes en Andújar por el suceso... Algunos tomaron el hecho como un milagro del beato Marcos Criado. Fue con este terremoto cuando se produjo el desplome de la parte central de la fachada del Ayuntamiento, realizándose a continuación el cuerpo central (CÓRCOLES, 87, 112). Anteriormente eran todo arcos de un extremo a otro.
 
 
Ya en el siglo XVI los Criado enlazaron su familia (en varias ramas) con los Párraga, Cárdenas, Salcedo y Piédrola, grandes linajes de Andújar en aquellos momentos. Encontramos así el testamento de Ana Criado y Salcedo en el año 1593, o diez años más tarde el de su hermano Lorenzo. En 1607 a Pedro Cárdenas Criado y su hermana Catalina vendiendo bienes; en 1581 a Juan Criado de Párraga, con inversiones en la Sierra de Andújar por valor de 160.000 maravedíes (ARAQUE Y SÁNCHEZ, 2006, 179). En el siglo XVII también enlazaron su familia con los Palomino, en la persona de Francisco Criado Palomino, clérigo en el año 1633, o con los Piédrola, en Juan Criado Piédrola, escribano público de Andújar (PALOMINO, 2003, 216) que el día 11 de Abril de 1605 firmó la concordia de la cofradía de los Nazarenos con el convento de la Trinidad o de San Eufrasio (TORRES, 1956, 255) por la cual se le cedían varias capillas del convento de trinitarios para instalar sus imágenes, una vez producido el traslado desde el de carmelitas.
 
 
Vemos pues que fue una familia con intención clara de emparentar, desde su llegada a la ciudad, con algunas de las grandes familias de nuestra ciudad, amparadas por su holgada situación económica.
 
En cuanto a los Castilla, en la concordia franciscana del año 1579 aparece Pedro de Castilla como oficial de la cofradía. Las copias de la escritura original las sacó en el año 1681 el escribano público D. Manuel de Morales y Criado. También figura como fundador de la escuadra de Jesús de la Columna Eufrasio de Castilla, como el más antiguo de dicha hermandad, en concreto desde el año 1662. En 1684 aparece en la Junta de Gobierno de la Vera Cruz D. Francisco de Castilla,
 
Entre 1801 y 1803 fue gobernador de la cofradía D. Ignacio de Ximena y Criado. Entre 1823 y 1824 gobernador Andrés de Castilla. También encontramos entre los frailes trinitarios del año 1669 en Andújar a Fray Juan de Castilla (PALOMINO, 2003, 222). 
 
No hay aún ningún estudio específico sobre este linaje andujareño. No obstante y a partir de los datos contenidos en la ejecutoria de hidalguía, más otros que hemos localizado en diferentes publicaciones hemos reconstruido parte de su árbol genealógico, teniendo como principal referencia la rama de los Criado de Castilla. Aunque dos de los hijos de Andrés Criado y de María de Castilla, Alonso y Manuel, pasaron a Indias y sus hijos desarrollaron ramas en otras ciudades castellanas, no volviendo a la ciudad, pensamos que hubo un tercer hermano menor, llamado Juan, que sí tuvo descendencia en Andújar. Debió derivar en Ana Criado y Caño, fallecida en el año 1745, mujer del regidor Manuel Cañete Marmolejo, e hija de Francisco Criado y Caño y Juana Criado de Castilla (IBID., 2003, 247).
 
 
Una de estas ramas andujareñas debió construir en el siglo XVIII el palacio llamado de los Coello de Portugal, en la calle Maestra, que ostenta el escudo de los Criado en la fachada de la calle de D. Gome.
 
 
No obstante la presencia de este palacio en la collación de San Miguel, buena parte de la familia debió vivir en el barrio de San Bartolomé, así, sabemos el caso del licenciado Juan de Esquina, esposo de Ana Cárdenas Criado, en cuyo testamento dejó escrita su voluntad de enterrarse en la sepultura de sus padres en la nave mayor de San Bartolomé (no en la capilla mayor que era privilegio de los Terrones del Caño) (PALOMINO, 2003, 148). El lugar elegido dentro de la iglesia no era otro que el existente bajo esta magnífica bóveda:
 
 
Ambos cónyuges crearon un vínculo patrimonial del que sería heredero el Conde de Gomara, de cuyos índices de archivo hemos obtenido algunos de los datos que aquí hemos expuesto.
 
Una vez esbozada la importancia de este linaje en Andújar, nos centraremos en concreto en una de las ramas no desglosada hasta el momento, en concreto en la figura de D. Andrés Criado, hermano de la cofradía y padre de D. Alonso Criado de Castilla, quien aparece junto con sus descendientes en la ejecutoria de hidalguía mencionada a principios de este artículo, y que como recordaremos fue adquirida por el Instituto de Estudios Giennenses.
 
No sólo perteneció a la cofradía D. Andrés, sino también algunos miembros de su familia política. Andrés Criado estaba casado con Marina de Castilla y vivían en la feligresía de San Bartolomé. En las listas de hermanos de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII aparecen también: Alonso de Castilla, hijo de Bartolomé de Castilla, así como Alonso de Castilla y Antón de Castilla, hijos de Alonso de Castilla. Probablemente tanto Bartolomé como Alonso fueran hermanos de Marina de Castilla y por tanto, los tres hijos de ambos, mencionados en las listas, fuesen sobrinos de D. Andrés.
 
Pero el más sobresaliente de la familia Criado y Castilla fue el hijo mayor de Andrés, llamado Alonso, que debió pasar su niñez en Andújar, siendo bautizado posiblemente en la iglesia de San Bartolomé.
 
Debió doctorarse en Derecho fuera de Andújar, quizás en Granada, como era habitual en aquellos momentos. En 1575 emigró a América, pasando buena parte de su existencia allí. En la ejecutoria de hidalguía del Instituto de Estudios Giennenses aparece un retrato de este ilustre andujareño:
 
 
Al año siguiente se casó con la hija del ya fallecido presidente de la Audiencia de Panamá, Dª Casilda de Vera, (MORALES, 2007, 403), natural de Mucientes (Valladolid). Tras su estancia en Panamá viajó a Lima (Perú) para ocupar el cargo de oidor (similar a un juez) de su Audiencia. Debió ser en esos momentos cuando recibió a su hermano Manuel Criado en Lima, ya que sabemos que este último embarcó para ir a Perú el 8 de Marzo de 1582.  En 1590 D. Alonso se trasladó a Guatemala donde presidió la Real Audiencia, Gobernador y Capitán General hasta 1611, año de su fallecimiento.
 
 
Allí llegó a ser Consejero supernumerario del Real y Supremo Consejo de Indias, escribiendo un afamado libro: “Sumaria Descripción del Reino de Tierra Firme, del año 1575. Por su formación como abogado y su condición de oidor durante muchos años, además de otros cargos, logró hacer una notable fortuna en aquellas tierras.
 
Sabemos que estando en Guatemala solicitó la tenencia del Castillo de Andújar, según consta en expediente de la Real Biblioteca de Madrid. No obstante la petición, el título lo logró finalmente D. Alonso Serrano Piédrola en 1603, pagando por ello 13.000 ducados en un solo plazo (JIMÉNEZ, 2004, 31).
 
Fue hijo único de su matrimonio con Dª Casilda, Andrés Criado de Castilla, de igual nombre que su abuelo y nacido en Andújar. Fue Capitán General de la provincia de Guatemala en la vejez de su padre. Tras la muerte de su progenitor volvió a España, pasando unos años en Madrid. Alcanzó la dignidad de caballero de la Orden de Santiago en 1617, y ostentó, entre otros cargos, el de corregidor en Jerez de los Caballeros y Valladolid y finalmente gobernador de Ocaña (Toledo), donde falleció (MORALES, 2007, 403). En el mismo documento de hidalguía figura también el retrato de D. Andrés.
 
 
Se casó con Dª Luisa de Aguilera, natural de Madrid, y tuvo al menos dos hijos, llamados Juan y Alonso, que aunque eran también caballeros de la Orden de Santiago, renunciaron a sus privilegios para hacerse frailes y fundar el Convento de San Alberto de Carmelitas Descalzos de Ocaña (Toledo).
 
 
Hemos visto a lo largo de estas líneas las posibilidades de conocimiento de la genealogía de nuestros antiguos hermanos o sus descendientes a partir del hallazgo de un documento clave, como es la ejecutoria de hidalguía del Instituto de Estudios Giennenses. Nos acerca a la figura de D. Alonso Criado de Castilla, andujareño de nacimiento y persona de gran relevancia en la Centroamérica de la transición entre los siglos XVI y XVII, cuya firma es bien conocida por la correspondencia oficial que de él se conserva. En ella lo hace, indicando expresamente “...su yndigno servidor..."
 
 
No cabe duda que desde su fundación y hasta mediados del siglo XVII muchas de las grandes personalidades de Andújar pertenecieron a nuestra cofradía como vamos conociendo. Sin embargo, en el siglo XVIII buena parte de los grandes linajes, ya nueva nobleza de título, se trasladaron a otras cofradías penitenciales como la de Jesús Nazareno, al amparo del convento trinitario de San Eufrasio, que aunque no mayor que el franciscano, sí que gozó de un más público prestigio por albergar la reliquia de nuestro patrón. Fue aquella que precisamente el obispo D. Francisco Terrones trajo a nuestra ciudad, cuyo progenitor Lorenzo Terrones fue hermano de nuestra cofradía, al igual que el padre de D. Alonso Criado de Castilla, Andrés Criado. Ya hemos comentado que el sobrino de Andrés, fue el beato, mártir trinitario de las Alpujarras Marcos Criado. Unas coincidencias históricas entre cofradía de la Vera Cruz y convento de trinitarios de Andújar, que llevaron incluso, avatares del destino, a que nuestra actual imagen de Jesús Nazareno tuviera como primera sede inesperada en Andújar el edificio que sustituyó al convento de la Trinidad, en la Corredera de Capuchinos.
 
 
Ciertamente unas coincidencias llamativas, como también que el primer patrono de la capilla mayor del convento de San Eufrasio, como ya hemos mencionado, fuese D. Alonso Serrano de Piédrola, hermano de nuestra cofradía.
 
Poco a poco vamos conociendo más aspectos de las vidas de estos personajes ilustres que pertenecieron a nuestra cofradía. Son detalles para conocer mejor la causa del título de ilustre del que goza nuestra cofradía, precisamente porque a ella han pertenecido numerosas personas que lo fueron en sus vidas personales y que engrandecieron a la vez a nuestra corporación y a nuestra “patria chica”. Como hemos enfatizado a menudo, la Historia de nuestra cofradía está íntimamente ligada a la de Andújar a través de muchos de sus hermanos. Su legado, una veces conservado y otras no, fue sin embargo disfrutado con intensidad por nuestro paisanos durante siglos, como ahora, desde la viveza de esta corporación reivindicamos con la misma intensidad su memoria.  


BIBLIOGRAFÍA.

 ARAQUE JIMÉNEZ, E. y SÁNCHEZ MARTÍNEZ J. D. (2006): “La propiedad de los montes en Sierra Morena Occidental (Jaén), a través de algunas fuentes documentales”, Elucidario nº 1, Seminario Bio-bibliográfico Manuel Caballero Venzelá, págs. 175-236. 

CÓRCOLES DE LA VEGA, J. V. (1987): Andújar. Una guía histórico-artística de la ciudad, Jaén.

DOMÍNGUEZ CUBERO, J. (1994): “La colección de pinturas de D. Antonio Sirvente de Cárdenas, presidente de la Chancillería de Granada (1597-1606)”, Boletín del Instituto de Estudios Giennenses nº 153, 1, págs. 387-403.

JIMÉNEZ ESTRELLA, A. (2004): “El precio de las almenas: ventas de alcaldías de fortalezas reales en época de los Austrias”, en Revista de Historia moderna nº 22 Anales de la Universidad de Alicante, págs. 7-72.

MORALES BORRERO, M. (2007): “La ejecutoria de Hidalguía obtenida por don Alonso Criado de Castilla y su hijo don Andrés”, Elucidario nº 3, Seminario Bio-bibliográfico Manuel Caballero Venzelá, págs. 401-405. 

PALOMINO LEÓN, J. A. (2003): Ermitas, Capillas y Oratorios de Andújar y su término, Jaén.

TORRES LAGUNA, C. (1956): Andújar Cristiana, Andújar (Jaén).

TORRES LAGUNA, C. (1981): Andújar a través de sus actas capitulares (1600-1850), Jaén.