Blog oficial de la Cofradía de la Santa Vera-Cruz de Andújar y Muy Antigua, Pontificia, Ilustre y Venerable Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Columna, Nuestro Padre Jesús Nazareno, María Santísima de los Dolores y San Juan Evangelista

martes, 29 de septiembre de 2015

ORIGEN DEL CONVENTO DE SAN FRANCISCO DE ANDÚJAR Y SU VINCULACIÓN CON EL LINAJE DE DON GOME DE CÁRDENAS

Maudilio Moreno Almenara

 
D. Gome de Cárdenas Serrano fue un ilustre personaje de Andújar que adquirió un enorme prestigio social en la segunda mitad del siglo XVI. Mediante una auténtica estrategia matrimonial logró que su familia fuese una de las más influyentes de Andújar y también que su huella fuera indeleble, a través de la construcción de palacios y templos sufragados por él o sus descendientes.
D. Gome de Cárdenas, primero de este nombre, fue hijo del licenciado Martín de Cárdenas e Isabel Serrano. Sus abuelos paternos, es decir por parte del Licenciado Martín de Cárdenas fueron D. Juan de Cárdenas, nombrado alcaide del Castillo de Marmolejo en el año 1473, y Dª Isabel de Párraga. Aquí vemos su árbol genealógico:
 

 
Sabemos que la esposa de D. Gome, Isabel Serrano, pidió en su testamento, fechado el 15 de agosto de 1576 que se le enterrase en la iglesia de Santiago, “...en la capilla de San Juan (Bautista) en la sepultura donde se enterró el ilustre señor Juan de Santo Domingo, fundador de Santana y que es junto y arrimada a la pared donde está la sala de ornamentos...”, es decir, la sacristía (PALOMINO, 2003, 168). A pesar de que su marido era ya por aquel momento patrono del nuevo convento de San Francisco de Asís, su esposa no podía enterrarse en su Capilla Mayor, pues aún restaban nueve años para la inauguración del flamante cenobio, uno de los mayores de la provincia franciscana de Granada al decir del historiador Terrones.
Fue ésta de la parroquia de Santiago la capilla de enterramiento por excelencia de los Cárdenas desde finales del siglo XV y a lo largo del siglo XVI. Hoy en día se conserva de ella tan sólo un escudo del quinientos en la cabecera de la nave del Evangelio. Antaño debió estar presidida por el retablo de San Juan Bautista y cerrada por dos rejas, como ocurre en la cabecera de la iglesia de Santa María donde también las tres naves de la cabecera se encuentran en el mismo plano de fondo.  
 



La opuesta, es decir la del testero de la nave del Evangelio, pudo ser la capilla de Santa Ana, vinculada al linaje Álvarez (PALOMINO, 2003, 144-145), a la que podría adscribirse el grupo escultórico que hoy se conserva en Santa María, aunque algunos autores plantean que llegase a esta antigua parroquia procedente de un convento, quizás el de Santa Clara, que estuvo a escasos cincuenta metros de Santiago.
 


La antigua sacristía a la que aludía el testamento de Isabel Serrano hoy está completamente desaparecida. Se encontraba en el actual altozano de Santiago, sobresaliendo de la pared blanca que mostramos en la siguiente fotografía. En 1760 el prior de la parroquia de Santiago quiso ampliarla por ser muy pequeña. Para ello, se pidió terreno público al Ayuntamiento: “El prior de la parroquia de Santiago pide que se le concedan tres varas y media (unos tres metros) de terreno del Altozano de Santiago para agregar a la sacristía que es muy pequeña” (TORRES, 1981, 330).
 


En 1887 aún se conservaba esta sacristía, tal y como se aprecia en un plano de este año realizado por el Instituto Geográfico y Estadístico (izquierda). Se ve en dicho parcelario que el altozano de Santiago era más pequeño que en la actualidad. Hemos señalado con una flecha roja la ubicación original de la sacristía, entre los dos contrafuertes. 
 


 La demolición de esta parte de la iglesia debió producirse tras la Guerra Civil, hacia 1941-1942, tal y como parece indicar una ficha conservada de Regiones Devastadas (R.D.), Oficina Técnica (O.T.) de Andújar en la que se apunta una incomprensible actuación en el altozano de Santiago, si no hubiese tenido el objetivo de ensanchar la plaza a costa de esta demolición:
 


Es probable que con motivo de estas obras se retirase de su capilla el magnífico retablo del Cristo de la Columna, ignorándose a día de hoy su paradero. Prueba de ello es que la imagen que se disponía en el centro del retablo de la Virgen con el Niño aún se conserva en Santa María, en concreto, en la capilla del Conde de la Quintería, lo único que resta de aquella magnífica máquina, aparte de su titular, también en Santa María.
 


Este expolio institucional está aún por estudiar en detalle. En lo que se refiere a retablos, y sólo con línea gruesa, desaparecieron de nuestra ciudad varias piezas magníficas de estilo barroco, como éste de Santiago o el mayor de las Mínimas, entre otros, aparte de destrucciones como las capillas del lado de la Epístola de San Miguel (PALOMINO, 2003, 142), la sacristía de Santiago y edificios completos como el convento de San Francisco de Asís o el palacio del Marqués de San Rafael o de los Orti. Sobre este último mostramos otra nueva ficha de Regiones Devastadas con la indicación “antes del derribo”, que obviamente hizo la propia institución para construir en su lugar el denominado “arco de Correos”.
 
 
Este afán destructor, en aras de una lamentable “modernización” del tejido urbano de nuestra ciudad, no cesó tampoco en la década de los cuarenta del pasado siglo, sino que se mantuvo en las siguientes al albur de la especulación urbanística (entre otros se demolieron el palacio de los Valenzuela de la calle Juan Robledo, la Casa de la Torre, de la que quedó nada más que este elemento, la ermita del Buen Suceso, la de San Lázaro y la de la Aurora, el palacio de los Albarracín en el Altozano de Santa Marina, de la Marquesa en el Altozano del mismo nombre o el de los Pérez de Vargas, cuya fachada fue salvada milagrosamente y reinstalada en el Altozano de Santa Ana gracias a las protestas de algunos ciudadanos). Tampoco cesó del todo con la democracia, siendo uno de los últimos atentados el derribo del convento de Capuchinas, del que se libró tan sólo la iglesia, quedando eso sí, totalmente vacía de retablos, cuadros e imágenes (unos repartidos a particulares y otros trasladados a Córdoba). La última página de esta falta de sensibilidad con nuestro patrimonio histórico-artístico es el Palacio del Ecijano, en la calle Colladas, objeto de controversia política (muy típico de la particular visión española de la democracia, donde los partidos y sus disputas constantes planean recurrentemente por encima del bien común, resucitando así lo peor de nuestro siglo XIX).
 
Lo que no destruyeron, por tanto, los bombardeos o la barbarie ideológica se remató institucional o privadamente durante la dictadura e incluso después. Un auténtico desastre que retrata una de las páginas más oscuras de nuestra Historia.
 
A día de hoy la eliminación de la antigua sacristía de Santiago, que sirvió para ensanchar el altozano, tan sólo se emplea como desahogo de coches en el conjunto histórico, lo que supone una degradación de la antigua iglesia y su entorno, pues ni su merma en la década de los cuarenta del pasado siglo, ni la actuación posterior de restauración promovida por la Junta de Andalucía en la década de los ochenta ha servido para dar dignidad a este monumento.
 
 
Más sangrante aún es su uso actual, admirable en cuanto a su función social, pero lamentable en cuanto a la indignidad que produce en el monumento, tratado como mero almacén del Programa de Ayuda a las personas más desfavorecidas, como si no existiese otro lugar entre todos los bienes inmuebles municipales, para esta instalación.  
 
 
Tras este inciso sobre la deplorable situación de esta antaño parroquia, según Argote de Molina la más antigua de nuestra ciudad y otrora gloria de Andújar y de los Cárdenas, volvemos a sumergirnos en el linaje de esta familia, probablemente la más influyente de nuestra ciudad. 
 
Otros importantes edificios religiosos que se encontraban en esta feligresía eran los conventos de Santa Clara y el primitivo de San Francisco. Fueron benefactores de ambos cenobios los mencionados Cárdenas, como patronos de sus respectivas capillas mayores. Por tanto, toda esta feligresía de Santiago quedó “dominada” por este linaje durante los siglos XV y XVI. 
 
Sin embargo, nuestro objetivo en este artículo es centrarnos en su vinculación con los franciscanos, en especial el papel que jugaron en la fundación del primitivo convento de San Francisco del altozano de Santa Ana y en el posterior de la actual Plaza de la Autonomía. La capilla mayor de éste último, cuya fotografía vemos aquí con su graciosa espadaña de bolas cerámicas vidriadas, quedó rematada hacia el interior con una cúpula ornada por las armas de esta poderosísima familia, en concreto las de D. Gome de Valdivia y Cárdenas (PALOMINO, 2003, 239), nieto de D. Gome de Cárdenas y constructor del Palacio de los “Niños de D. Gome”.
 
 
Poco o casi nada conocemos sobre cuándo se formó el germen que dio lugar al convento de San Francisco, fundado oficialmente en el año 1545 por bula del Papa Julio II. Sí sabemos por la crónica de la Orden que antes de esta fecha ya existía, no como convento sino como vicaría. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, y referido a las órdenes religiosas, un vicario es un sujeto que pone el superior de una orden para que asista y dirija a las religiosas. Una vicaría, por tanto, sería algo más que un simple vicario, es decir, hablaríamos en este caso de una pequeña comunidad de frailes estable, regentada por el vicario de la orden en la zona. Este sistema de vicarías actuaba como avanzadilla en los programas de implantación de conventos de la orden, y en el caso de Andújar auxiliaría a la comunidad de monjas clarisas asentadas en la ciudad desde el año 1225 (DOMÍNGUEZ, 1985, 90). Sus funciones principales serían: gestionar tareas administrativas y de representación legal, oficio de misas, administración de sacramentos, etc. Según el historiador Terrones Robles: “...la clausura y santidad destas Religiosas es notoria, pues no dan locutorio si no es a padres, o a hermanos, y esto con mucho recato y moderación...” (1657, 185). Ciertamente las monjas necesitaban del auxilio de la orden masculina para librarse de las tareas de gestión y administrativas, favoreciendo así la observancia estricta de esta clausura.
 
Estos “ensayos”, más o menos sistematizados de comenzar con una vicaría antes de fundar un convento fueron habituales entre los franciscanos. En muchos casos se trataba de edificios amplios, como sabemos por las misiones en la península de Yucatán, donde una vicaría media constaba de “capilla de indios” ligada al atrio, claustro, celdas y huerta (AAVV., 1945), es decir, en la práctica un pequeño convento. 
 
Refrenda el dato de la vicaría el testamento de D. Cristóbal de Piédrola y Dª Isabel Palomino, otorgado el 17 de julio de 1536: “...los señale el vicario que al presente fuere de San Francisco de Andújar y el corretor del monesterio de la Bitoria de la dicha çibdad, y el açipreste o vicario de la dicha çibdad de Andújar, porque ansí es nuestra voluntad....” (DE TORRES, 2010, 158). Por tanto, es seguro que hubo una vicaría franciscana estable en nuestra ciudad, pues en este documento se alude expresamente al vicario de San Francisco de Andújar unos años de su conversión oficial en convento.
 
En cuanto a la fecha de fundación de esta vicaría, se desconoce a ciencia cierta, aunque ya hemos apuntado en otras ocasiones que debió producirse al dejar libre el antiguo convento de Santa Ana las terceras en el año 1426, tal y como indica la Crónica de la Orden, pues la vicaría es seguro que se instaló en el mismo edificio dejado por las terceras. El historiador Jimena Jurado, aunque confunde otros datos, sí que dice claramente que el edificio abandonado por las terceras para instalarse junto a las clarisas “...se dejó a los Religiosos de San Francisco...” (PALOMINO, 2003, 175). Pensamos que este traslado no habría sido obligado si los franciscanos no hubiesen visto la necesidad de estabilizar su presencia en Andújar. Era más lógico reunir en edificios próximos a clarisas y terceras (sujetas a diferentes reglas y votos pero ambas comunidades franciscanas), que mantenerlas aisladas e instalar el embrión del futuro convento masculino junto al femenino (algo mal visto en la época). Por tanto, creemos que fue la necesidad de fundar la vicaría de frailes de San Francisco de Andújar, lo que desplazó a las terceras, y no al contrario, de ahí que sostengamos que la primera comunidad estable de frailes franciscanos en nuestra ciudad debió constituirse en 1426.
 
Resulta elocuente que la vicaría franciscana pudiese erigirse en ese año, cuando sabemos que en 1427 se fundó la cofradía de la Santa Vera Cruz, según consta en la documentación que conserva la corporación. Se trata de un traslado de otros papeles realizada en el año 1532, siendo gobernador Juan de Andújar Moral, alcaldes Manuel de la Higuera y Alonso Gutiérrez el Viejo, y secretario el clérigo, licenciado Francisco de la Higuera entre otros. Estos traslados eran frecuentes en aquellos años por deterioro de los documentos originales, de tal forma que cada cierto tiempo se hacía necesario reproducirlos para evitar su pérdida definitiva. El documento indica textualmente: “...trasládose de otros libros en este año....”   
 
 
Todo parece indicar que el asiento de los franciscanos en Andújar formaba parte de una estrategia previamente diseñada en la que jugaría un papel relevante la cofradía de la Santa Vera Cruz, pues debió atraer a un buen número de seglares que servirían para difundir e irradiar en la ciudad las prácticas penitenciales seráficas, favoreciendo así la consolidación de la comunidad. Los franciscanos utilizaron de este modo a la cofradía de la Vera Cruz como un instrumento efectivo de evangelización para echar raíces en nuestra ciudad.  
Igualmente llamativa es la elección prioritaria, en el testamento de D. Cristóbal de Piédrola, del vicario de San Francisco de Andújar, cuando sabemos por el documento de fundación que el primer gobernador de la Cofradía de la Vera Cruz fue D. Hernando de Piédrola. Este linaje perseveró en el siglo XVI dentro de las listas de hermanos de la cofradía en la figura del poderoso señor D. Alonso Serrano de Piédrola.
 
 
Parece pues que a través de la corporación veracrucera los Piédrola querían vincularse con los franciscanos de uno u otro modo. En cualquier caso, la importancia de la orden debió provocar la competencia entre las familias Cárdenas y Piédrola por hacerse con el patronazgo de la capilla mayor de San Francisco, siendo finalmente los primeros quienes tuviesen ese honor, quedando los segundos como patronos del otro gran convento masculino que a fines del siglo XVI se erigía en Andújar: el de Trinitarios de San Eufrasio, ligeramente posterior al de San Francisco.      
 
Como hemos venido exponiendo, existió una vicaría franciscana en Andújar entre los años 1426 y 1545, donde se fundó en 1427 la cofradía de la Santa Vera Cruz. En 1545 se convirtió oficialmente en convento de San Francisco con el título de Santa Ana por bula del papa Julio II. Estuvo asentada esta primitiva comunidad franciscana en el espacio ocupado en la actualidad por el palacio de los Cárdenas (o palacio de Justicia), que en origen fue lugar de recogimiento de las terceras también con el título de Santa Ana. Hoy mantiene esta dedicación a la madre de la Santísima Virgen por la ermita del mismo nombre, que los Cárdenas reedificaron como oratorio semiprivado, perpetuando así la memoria del anterior edificio sacro, sin duda, de traza gótica.   
 
 
Pero los seráficos padres aspiraban a hacer un nuevo convento, más grande y espacioso, acorde con la importancia de la orden y con idea de aumentar su trabajo evangélico en la ciudad. La cofradía de la Santa Vera Cruz se había consolidado en el siglo XVI, mostrando la eficacia pretendida por los frailes, de tal modo que no concebían que ésta se separase de su amparo: marcharían con ellos al nuevo convento.  
 
Fue así cómo, con la ayuda de D. Gome de Cárdenas Serrano, de enorme influencia por sí y por su esposa, Dª Ana de Valtodano, sobrina del obispo de Jaén, D. Alonso Suárez de Valtodano (o de la Fuente del Sauce) y del Arzobispo de Santiago de Compostela, D. Cristóbal Fernández de Valtodano, los franciscanos dieron sus primeros pasos para el ambicioso proyecto, que por sus dimensiones tenía que quedar ya inevitablemente fuera del recinto amurallado. En todo momento D. Gome actuó como fiador de los franciscanos, o lo que es lo mismo los avaló, tal y como refleja este documento conservado por la Cofradía de la Vera Cruz.
 
 
No fue hasta 1585 cuando se produjo la mudanza efectiva a la actual Plaza Rivas Sabater, como indica la Crónica de la Orden: “...hasta que el de mil quinientos y ochenta y cinco, deseando mejorar de sitio, se pasaron al Altozano de la calle de las Ollerías, donde oy está el Convento de mi Señora Santa Ana, tantas vezes repetido con el mesmo título. Labró nueva Capilla mayor D. Gomez de Cárdenas, y se quedó con la antigua casa de mi Señora Santa Ana, que oy persevera con la grandeza de su antigua Iglesia, con su puerta principal a la calle, y otra a la dicha casa, como entonces estava...”.
 
A través de este documento sabemos que en realidad lo que se hizo fue una permuta de terrenos: a Gome de Cárdenas le interesaba construir un nuevo palacio en el interior del recinto amurallado, para lo cual se quedaría con el antiguo convento de San Francisco, dedicado a Santa Ana, y lo demolería para construir en su lugar su gran palacio. Es probable que viviesen en el antiguo Callejón de los Viejos, denominado así por estar en él, el Hospital de Honrados Viejos. Allí aún se mantiene en pie una antigua fachada con el escudo de los Cárdenas, anterior al Palacio del Altozano de Santa Ana, que pudo ser la modesta morada del Sr. Gome de Cárdenas, antes de la construcción de su soberbio palacio, ubicado justo detrás. El lugar elegido era especialmente importante para D. Gome, estaba junto a la iglesia de Santiago (de gran arraigo para su familia y la iglesia más antigua de Andújar), y en el tránsito hacia Santa María, la iglesia Mayor. También se disponía junto al altozano del Alcázar, donde existió una de las principales puertas de acceso a la ciudad desde el puente viejo, y por último, abierto hacia una plaza y no a un callejón, por lo que podría plasmarse en piedra la potencia de su linaje. El nuevo palacio se encargaría a uno de los mejores arquitectos del momento en Andalucía: Francisco del Castillo y bajo el balcón central ostentaría la orgullosa divisa: ALTIORA PETIMVS, que significa “intentamos lo más elevado”.
 
 
Parece que continuó esta promoción D. Luis de Cárdenas, familiar de la Santa Inquisición, al que se atribuye el patrocinio de esta reja, antaño en el palacio y hoy conservada en el Museo Arqueológico Nacional. D. Ramón Pérez de Vargas, propietario del inmueble, la vendió por 15.000 pts. al Estado en el año 1922 (Gazeta de Madrid, num. 281, de 8 de Octubre de 1922, págs. 112-113). Muestra los elementos propios del Santo Oficio (la palma y la espada), y es una auténtica joya que explica el enorme esplendor de esta familia y su legado artístico en el siglo XVI.
 
 
Pero sepamos algo más de cómo se produjo esta “compleja operación”. Los contactos de D. Gome con los franciscanos se iniciaron ya en 1545, es decir, 40 años antes de la inauguración del nuevo convento, pues su nieto,  Gome de Valdivia Cárdenas, que construyó  el  palacio de los  “Niños  de  D.  Gome”,  en su testamento de
 
 
25 de septiembre de 1637, dejaba al convento de San Francisco 500 reales para reparos de la iglesia con el fin de que contribuyesen al cese de los pleitos que él y sus antecesores mantenían con los franciscanos desde 1545, en que fueron fundados con el beneficio de D. Gome de Cárdenas (su abuelo). Dichos pleitos pudieron ser por temas meramente económicos o incluso por cesión de terrenos para ampliar el edificio original (de ser cierto, como pensamos, que D. Gome vivió en la calle de los Viejos, justo detrás de la vicaría y colindante por detrás, con ella). Con estos antecedentes y la falta de espacio para satisfacer la demanda de terrenos que requería el convento, es difícil pensar que no hubiese algún problema en la primitiva fundación del convento de San Francisco, lo que tuvo como consecuencia por un lado estos pleitos y por otro, la edificación de uno nuevo fuera del recinto amurallado muy pocos años más tarde.
 
Otros datos sobre este dilatado proceso se deducen de documentación del archivo de la Cofradía de la Santa Vera Cruz, porque el traslado le afectó de lleno. Se trata de las dos concordias que la corporación veracrucera hizo con motivo de esta permuta: la primera fue consecuencia del inicio de las obras tanto de construcción del nuevo convento como de la demolición del antiguo para erigir el palacio (1564), de tal modo que la hermandad se veía obligada a buscar una sede transitoria, la segunda es el acuerdo con los franciscanos para iniciar la construcción de la capilla de la Vera Cruz, una vez las obras del convento se encontraban suficientemente avanzadas (1579).
 
Con más detalle, la primera concordia (o acuerdo escrito), se firmó el 20 de Abril de 1564 con la cofradía de Santo Domingo, que tenía ermita propia en el lugar que después ocupó el convento de la Compañía de Jesús y hoy está adaptado a Hospital Municipal. Se pactaba en el documento el traslado temporal de la cofradía de la Vera Cruz con las imágenes que tenía por aquel entonces, que eran expresamente: “...un Christo Crucificado y la ymagen de nra. Señora...”. La iglesia de Santo Domingo tenía, además, una casa para el santero, y aunque no contaba con comunidad de frailes, permanecía en el ámbito de los dominicos (vinculados estrechamente con los franciscanos) de ahí la elección. Esta concordia era esencial, pues la cofradía se quedó durante unos veinte años (1564-1585) sin iglesia de la que salir en procesión, ni lugar donde instalar sus imágenes. En el palacio de los Cárdenas se conserva la famosa reja de los pegasos, figurando en una cartela el año 1565. Pensamos que conmemora el inicio de las obras del palacio una vez demolido en 1564 el antiguo convento de Santa Ana.  
 
 
La segunda concordia es del año 1579, y ya hace referencia explícita a la donación de terrenos a la cofradía: “...nos los dchos Frailes, y por nos y en nombre del dcho Convento otorgamos y conocemos que en todo acontecimiento hacemos gracia buena, pura, perfecta, irrevocable, que llaman el Derecho entre vivos, dado de nuestra mano a la de los hermanos dela dcha Cofradia del dcho suelo y Casa y sitio...”.
 
 
A este terreno hay que añadir el adquirido por compra a fines del siglo XVII, por lo que la cofradía llegó a tener en propiedad un suelo de algo más de 100 m2 en la actual Plaza Rivas Sabater, permutado después por la cabecera de la iglesia de San Francisco tras la Desamortización (actualmente en formando parte de la misma plaza) con lo que se triplicó la extensión de la propiedad de la cofradía. Ésta fue usurpada a la fuerza por Regiones Devastadas y agregada al espacio público municipal sin ningún tipo de compensación económica. Fue la única cofradía de Andújar que en pleno siglo XX sufrió este expolio. Pero eso será objeto de otro análisis que haremos más adelante. Un lamentable final que nuestra memoria histórica no ha reparado aún, después del esfuerzo realizado por los franciscanos, el linaje de los Cárdenas y especialmente por la Vera Cruz, pues ésta aún mantiene su condición de cofradía viva, legal y canónicamente establecida en nuestra ciudad, esperando algún tipo de compensación por parte del actual titular de estos terrenos, hasta entonces privados. En este plano del Archivo Municipal (derecha) vemos el espacio que ostentaba la cofradía antes de la Guerra Civil (cabecera de la iglesia con la sacristía y antigua capilla de San Diego, y la misma parcela tras la demolición (actual plaza Rivas Sabater).
 

 
BIBLIOGRAFÍA:
 

AA.VV. (1945): Catálogo de construcciones religiosas del Estado de Yucatán, Méjico.

DE TORRES, J. C. (2010): “El mayorazgo fundado por Cristóbal de Piédrola y su mujer Isabel Palomino de Arjona (1525)”, Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, nº 202, pp.137-204.

DOMÍNGUEZ CUBERO, J. (1985): Monumentalidad religiosa de Andújar en la Modernidad, Jaén. 

DOMÍNGUEZ CUBERO, J. (1999): “Sobre la construcción del andujareño palacio “Los niños de D. Gome”, Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, nº 172, Tomo II, pp. 983-1004.

PALOMINO LEÓN, J. A. (2003): Ermitas, Capillas y Oratorios de Andújar y su término, Jaén.

RUBIO FERNÁNDEZ, J. (2002): Santa María la Mayor de Andújar. Datos para la historia de una parroquia, Andújar (Jaén).

TORRES LAGUNA, C. (1981): Andújar a través de sus actas capitulares (1600-1850), Jaén.



[1] Fotografías: Jesús Palomino, Maudilio Moreno, Portfolio fotográfico de Andalucía, Todocolección.net...

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